Dana
Paiporta, España – 2024
Cuando llegué a Paiporta ya no quedaban las imágenes de los rescates que habían ocupado los noticieros del mundo. Lo que encontré fue otra etapa de la catástrofe: la reconstrucción.
Las calles seguían cubiertas de un lodo denso y putrefacto, los bajos de las viviendas permanecían completamente vacíos y muchas familias recién comenzaban a sacar aquello que el agua había convertido en basura. Electrodomésticos, fotografías, muebles, juguetes, documentos, ropa. Todo terminaba acumulado sobre las veredas esperando ser retirado.
En ese escenario aparecía una imagen que se repetía en cada esquina: personas con palas, escobas, hidrolavadoras, baldes y botas de goma trabajando junto a vecinos que, hasta pocos días antes, no conocían.
Durante las primeras semanas posteriores a la inundación, decenas de miles de voluntarios llegaron desde distintos puntos de España para colaborar espontáneamente con las tareas de limpieza. Muchos viajaban cada mañana desde Valencia caminando varios kilómetros porque los accesos todavía permanecían restringidos para los vehículos particulares.
La ayuda institucional convivía con otra menos organizada pero igual de imprescindible: la de ciudadanos que simplemente decidieron presentarse para ayudar.
Cuando la solidaridad tomó las calles de Paiporta
Detrás de mí caía el sol. Era un atardecer extraño. El cielo anaranjado parecía digno de una postal, pero la ciudad tenía el aspecto de un escenario de posguerra: calles cubiertas de barro, automóviles apilados unos sobre otros, fachadas abiertas como heridas y montañas de muebles que esperaban ser retirados.
Había terminado el primero de los tres días que pasaría en Paiporta, una de las localidades más golpeadas por la DANA que el 29 de octubre de 2024 provocó una de las mayores catástrofes naturales de la historia reciente de España.
Era el 16 de noviembre y habían pasado dieciocho días desde que las lluvias torrenciales y las inundaciones repentinas arrasaron decenas de municipios de la Comunidad Valenciana. El episodio dejó más de 220 personas fallecidas, decenas de miles de viviendas y comercios afectados y enormes daños en infraestructuras, convirtiéndose en una de las tragedias naturales más graves registradas en el país en el último siglo.
Delante de mí caminaban dos voluntarias que conversaban en voz alta. Mi energía alcanzaba apenas para seguirles el paso. Después de diez horas con botas de goma, la planta de los pies dolía como si caminara descalzo sobre el asfalto.
—No estamos preparados para perderlo todo —dijo una de ellas—. La verdad es que todas las cosas están de camino a otro sitio.
—A veces creo que el secreto de la vida está en aprender a perder; en aprender a no aferrarnos tanto a nada y a soltar casi todo —respondió la otra.
Aquella conversación resumía una sensación que se repetía una y otra vez entre quienes habían perdido su casa, sus recuerdos o parte de su historia. En pocas horas el agua había borrado vidas enteras construidas durante décadas.
Dejarse ayudar también fue un acto de valentía. Durante las dos primeras semanas después de la tragedia, miles de voluntarios cruzaron la Pasarela Ciclopeatonal Lucía Beamud cargando palas, rastrillos, escobas y secadores. Con el paso de los días el flujo comenzó a disminuir, pero ese puente ya se había convertido en mucho más que una conexión entre dos barrios: era el lugar donde se encontraban quienes necesitaban ayuda y quienes estaban dispuestos a ofrecerla.
A lo largo del recorrido aparecían carteles escritos a mano agradeciendo a los voluntarios, puestos sanitarios improvisados, vecinos repartiendo café, comida caliente y agua. Un ejemplo de ello fue el Ateneo Musical y Mercantil de Paiporta que sin puertas ni ventanas funcionaba como un comedor comunitario; otros abrían sus casas o sus comercios para ofrecer duchas, cargar teléfonos móviles o distribuir artículos de primera necesidad.
En medio de aquella organización espontánea escuché una frase que todavía hoy vuelve cada vez que miro estas fotografías.
—¿Sabés? Es que me podría haber tocado a mí. El agua vino hacia aquí, pero podría haber ido hacia el otro lado – Mario, voluntario de Valencia, lo decía sin dramatismo, como si aquella simple observación explicara por qué miles de personas habían decidido dedicar sus fines de semana a limpiar casas ajenas.
La solidaridad no nacía únicamente de la empatía, también de la conciencia de que cualquiera podía haber estado del otro lado.
El dolor deja pocas alternativas: lamentarse o levantarse, y durante aquellos tres días vi a muchísima gente levantándose. “No queda otra que atravesar el dolor”, eso fue lo único que pude pensar mientras recordaba en un momento de descanso el abrazo de Cristina, una vecina de Paiporta a quien había acompañado durante buena parte del día mientras vaciábamos su casa.
Recibir también es una forma de dar
Me encantaría encontrar las palabras justas para describir la sinergia de empatía y solidaridad que surgió de manera espontánea en Paiporta. Sin embargo, creo que pocas lo expresan mejor que la cancíon “Given To”, de Ruth Bebermeyer:
“Jamás siento que recibo tanto como cuando aceptas algo de mí, cuando comprendes la alegría que siento al dártelo.
Sabes que mi ofrecimiento no busca que estés en deuda conmigo, sino vivir el amor que siento por ti.
Recibir con gracia quizá sea la mayor forma de dar. No puedo separar una cosa de la otra. Cuando tú me das algo, yo te doy el recibirlo.
Cuando tomas algo de mí, siento que soy yo quien recibe.”
Dieciocho días después de la inundación, Paiporta seguía cubierta de barro. Pero también estaba cubierta de personas que habían decidido aparecer para otros. Y quizás esa sea la imagen más importante de toda esta historia: la certeza de que, incluso cuando una catástrofe parece arrasar con todo, todavía existe algo que ninguna riada puede llevarse: la capacidad profundamente humana de sostenernos unos a otros.



































