Revolución
Kathmandú, Nepal – 2025
En un Nepal sacudido por la revuelta juvenil que forzó la renuncia del primer ministro y dejó al país acéfalo, las calles de Katmandú revelan una ciudad silenciosa y herida. Entre ruinas, testimonios y escenas de devastación, emerge una sociedad que, pese al impacto, despliega su propia forma de sanar: quemar lo viejo, soltar el pasado y avanzar con una fuerza colectiva capaz de redefinir su futuro.
Todo estaba sumido en un gran silencio: desde el aeropuerto hasta las calles céntricas de Katmandú. Nepal había vivido una de las fechas más importantes desde la llegada de la democracia, la generación más joven, la llamada Generación Z, había salido a la calle y alzando su voz tan fuerte que Katmandú y otras ciudades importantes del país, ardieron en llamas.
Entre los hechos más relevantes estuvieron la invasión, destrucción e incendio en la casa de gobierno, la persecución de políticos y sus familiares y la destrucción de sus viviendas, la ocupación y el ataque a las oficinas del medio de comunicación más importante del país, entre otros. A unos pocos días de los hechos, los jóvenes lo viven como una gran hazaña, claro, y seguramente también como una venganza, porque en el primer día de la manifestación la policía nacional asesinó a 19 personas durante los enfrentamientos y la represión.
Es paradójico en algún punto, que después del fin de la monarquía, oficialmente en 2008, estas jornadas de protestas se vivan entre los ciudadanos como una especie de revolución en donde, así como ocurrió en Francia en 1789, le “cortaron la cabeza al rey” dejando al país totalmente acéfalo.
En Nepal, la dinastía Shah gobernó por más de 240 años y comenzó su declive en 2001 cuando ocurrió una masacre en el palacio real: el príncipe Dipendra mató a su familia (incluido el rey Birendra) y luego se suicidó, lo que generó una crisis de legitimidad para la monarquía. El rey Gyanendra, quien asumió después, tomó medidas autoritarias y en 2005 declaró estado de emergencia, disolvió el parlamento y asumió poder absoluto. Más tarde, en 2006 se produjo la “Segunda Movilización Popular”, denominada Jana Andolan II (la primera había ocurrido en 1990), con protestas masivas que llevaron a que Gyanendra restituyera el parlamento. Tras estos eventos se firmó un acuerdo de paz que abrió el camino para una Asamblea Constituyente. El 24 de diciembre de 2007, el parlamento provisional decidió que la monarquía sería abolida tras las elecciones para la Asamblea Constituyente y, finalmente, el 28 de mayo de 2008, la Asamblea Constituyente votó oficialmente para declarar a Nepal una república democrática federal. La votación fue abrumadora: de los 564 miembros presentes, 560 votaron a favor de abolir la monarquía. Tras la decisión, se reinstauró la bandera nacional en el palacio real y los privilegios de la familia real terminaron.
El último rey, Gyanendra, abandonó el palacio Narayanhiti el 11 de junio de 2008. Desde entonces, la clase política, que se lavaba la boca con la palabra democracia, se había empezado a teñir poco a poco de “sangre azul” otra vez, gozando ya de privilegios tan descarados como los que habían gozado durante más de dos siglos aquellos que heredaban generación tras generación las cunas de oro.
Nepal lo entendió: cuando el pueblo se une no hay quien lo pare. La gota que rebalsó el vaso fue una decisión que cercenó la libertad de los jóvenes, aquellos que con el corazón a flor de piel y una energía arrolladora, dijeron basta e hicieron arder al país sin medir las consecuencias, regocijándose en la victoria, vengándose de años de corrupción y celebrando con los suyos como si Nepal hubiese ganado un mundial de fútbol.
Llegué en este contexto, a cuatro días de que el país se quede sin “rey” y sin ley, con una sociedad victoriosa pero dolida, con jóvenes esperanzados pero con heridas y un sinsabor fruto de una gran incertidumbre que se transformó en un silencio estremecedor que invadió a todo un país.
Ese silencio fue el que escuché al pisar el aeropuerto, un silencio de personas que habían ganado una batalla y que al mismo tiempo las acogía el no saber que iba a pasar. Porque cuando uno gana la pregunta que aparece una vez que baja la excitación de la gloria, siempre es la misma: ¿y ahora qué?
Seguramente todos esperaban encontrar pronto esa respuesta, porque siempre que conseguimos aquello que tanto anhelamos llega un vacío tan grande que nos hunde en la necesidad extrema de volver a desear algo más, al menos para seguir sintiéndonos con vida, para seguir sintiendo que tenemos un propósito por el que levantarnos la mañana siguiente.
Por eso, cuando no podés seguir tu propósito porque el lugar donde vivís no solo no te da oportunidades, sino que te las roba, entonces es ahí cuando lo que te mueve pasa a ser el fin de aquello que te oprime.
Los jóvenes se sintieron acompañados en su lucha, ya no por un político que se maquilló para parecer uno de ellos y prometer una solución, sino por sus iguales, por aquellos que hablan su mismo idioma, escuchan la misma música, tienen los mismos ídolos y visten las mismas ropas. Durante dos días no hubo ni líderes ni mandamases en Nepal hubo sólo mujeres y hombres de a pie demostrando que no hay ejército que pueda detener a un pueblo que decide, unido, decir basta.
La mañana del 13 de diciembre desperté temprano y salí con mi cámara a caminar por las calles de Katmandú. Era mi primera vez en la ciudad, por lo que no tenía grandes referencias como para comparar aquel contexto que me resultaba con o sin revolución, bastante ajeno. El GPS marcó unos cinco kilómetros de distancia desde mi hotel hasta la casa de gobierno; aproveché esa oportunidad para caminar. No sé si era porque dos días antes estaba recorriendo las ruidosas y caóticas calles de Dhaka, la capital de Bangladesh, pero me llamó la atención el silencio, un silencio que no parecía natural ni elegido, como puede ocurrir en una ciudad de Suiza, sino más bien un silencio que tenía más que ver con un duelo que con una característica de la idiosincrasia social.
A pocos minutos de salir me encontré caminando por las calles de Thamel, una de las zonas más visitadas por los turistas, y después de ver algunos extranjeros andando con total normalidad me di cuenta que ya no habría más incendios ni revueltas ni saqueos ni protestas; en un primer momento me llamó la atención que todo transcurriese con total normalidad a pocos días de haber ocurrido uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia del país, sin embargo, unas horas más tarde entendería por qué.
Me dieron ganas de quedarme por aquellas pintorescas y particulares calles, pero decidí seguir en dirección a la zona de los principales edificios gubernamentales que habían sido centro principal de los hechos que pusieron fin, el 9 de septiembre de 2025, al cuarto mandato de K. P. Sharma Oli, quien presentó su renuncia como Primer Ministro después de 422 días en el poder desde el 14 de julio de 2024.
Después de caminar aproximadamente media hora y ver en esquinas estratégicas decenas de policías con la autoestima baja, me encontré caminando por la avenida que desemboca en Singha Durbar (“Palacio del León”), quizá el complejo gubernamental más importante de Katmandú ya que funciona como centro administrativo del Gobierno de Nepal y, esencialmente, sede del poder ejecutivo, albergando la Oficina del Primer Ministro y el Consejo de Ministros. Sobre una de las veredas estaban los restos de un auto y una moto, ambos completamente incendiados. Parecían servir de atracción turística: automovilistas y transeúntes curiosos pasaban despacio por el lugar con la intención de ser testigos de las secuelas que habían dejado las protestas.
A un costado del auto, tres jóvenes recién entrados en la mayoría de edad se sacaban fotos como si estuviesen posando junto a la Torre Eiffel. Cuando me vieron llegar mostraron interés en interactuar conmigo y me acerqué.
- Hola – saludé – ¿estuvieron en las manifestaciones?
- ¡Sí! – contestaron los tres al unísono y con entusiasmo.
- ¿Cómo se sienten? – pregunté.
- Sentimos que salvamos al país. ¡Ganamos! – respondió uno de ellos.
Ninguno de los tres pudo esconder el orgullo, aunque dejaban entrever que no estaban contentos de haber tenido que llegar a ese extremo. Me despedí y seguí caminando hacia la entrada principal de Singha Durbar, donde la gran puerta enrejada amarilla que antecede a la entrada del predio era custodiada por unos seis policías armados. Unas vallas azules con alambre de púas intentaban impedir el paso de los curiosos visitantes que no escondían las ganas de intentar ver el imponente edificio, que días atrás ardía en llamas, y que se llegaba a ver a los lejos por entre los huecos de la puerta.
Un policía me impidió sacar fotos de cerca, no insistí ante su negativa, aunque me pareció raro que me llamase la atención sólo a mí entre tantos nepalíes sacando fotos.
Seguí camino rodeando el gran complejo gubernamental, donde cada uno de los edificios estaba completamente destruido, con paredes incendiadas y pocas ventanas sanas. Doblé por Madan Bhandari Road mientras veía cómo algunos trabajadores administrativos limpiaban lo que hasta hacía algunos días era su lugar de trabajo.
Mi mirada se posó en algunas carpas improvisadas que servían de alojamiento para los custodios que durante aquellas noches cuidaban lo poco que quedaba de aquellas oficinas. En ese instante dos hombres de entre 40 y 50 años me invitaron a parar en un puesto de frutas.
- ¿De dónde sos? – preguntaron.
- De Argentina – dije y no pude evitar las ganas de preguntar por lo sucedido.
- Era necesario lo que sucedió – mencionó uno de ellos con tono cauto y tranquilo mientras me invitaba un jugo natural de caña de azúcar.
Se notaba en su voz, pero sobre todo en su mirada, que no había orgullo en sus palabras. Ambos coincidieron en que tuviera cuidado, “Nepal está peligroso estos días”: me dijeron y me pareció ver algo de preocupación en sus rostros.
Quise pagar el refresco, pero no pude hacerlo ante la insistencia de invitarme de los locales y con un apretón de manos me despedí mientras escuchaba cómo decían juntos: “tené cuidado”.
Sobre la misma avenida, unos 150 metros más adelante, vi bastante movimiento de gente y decidí ir hacia el lugar. Era la entrada al Departamento de Infraestructura o Departamento de Rutas, uno de los edificios donde todavía algunas llamas permanecían activas, por lo que los bomberos trabajaban en el lugar.
Los curiosos se amontonaban con sus teléfonos para sacarle fotos a un estacionamiento donde decenas de autos incendiados permanecían inmóviles desde hacía unos días. La escena era dantesca y fue difícil dejarla pasar por alto. No me detuve mucho tiempo, decidí acercarme a un autobomba que acaba de llegar. Allí, tres bomberos se dispusieron a terminar con el poco fuego que todavía quedaba en la oficina principal de aquella dependencia.
Ninguno pareció registrar mi presencia, por lo que seguí aproximándome al interior del edificio. Una entrada secundaria servía de acceso a otras tantas personas que realizaban trabajos de limpieza y restauración. Una vez más, ninguno de ellos pareció registrar mi presencia y finalmente ingresé.
No había nada que pudiera rescatarse en aquel lugar más allá de algunas sillas, mesas o biblioratos con papeles burocráticos que poco importaban para ese entonces. Era extraño caminar por esos pasillos, el olor a fuego lo acaparaba todo, las cenizas volaban por el aire y el negro de las paredes era tan intenso que a la luz del sol le costaba entrar; todo era opaco y triste.
Vi un mapa de Nepal en el suelo de uno de los pasillos y decidí sacar una foto cuando una mujer se dirigió hacia mí.
- Te vi afuera sacando fotos – dijo.
- En ese momento pensé que lo próximo que haría sería echarme del lugar, pero estaba equivocado.
- ¿Querés conocer cuál era mi oficina? Soy ingeniera y este era mi lugar de trabajo.
No dudé en acompañarla. Nos dirigimos hacia otro pasillo en la misma planta donde una serie de habitaciones, igual de destruidas, habían sido oficinas públicas.
- Este era mi despacho – dijo la ingeniera que unos minutos más tarde me pediría por favor al publicar algo no dijera su nombre.
Nuestra charla transcurrió con gran frescura y naturalidad y se extendió durante 45 minutos. Durante ese tiempo me dispuse a preguntar sobre lo ocurrido, pero poco a poco la conversación viró hacia algo más filosófico que me permitiría comprender la cultura e idiosincrasia de una sociedad que había cambiado el curso de su país de una forma inimaginable.
- ¿Cuánto hace que trabajás acá?
- Yo trabajo desde que me recibí de la universidad. Desde el 2015 se está construyendo un nuevo edificio para trasladar esta sede a otro lugar.
- ¿Cuándo estiman volver acá a las oficinas?
- ¿Acá? Acá no volvemos, estamos preparando todo para movernos al nuevo edificio directamente. Además, este edificio, Babar Mahal, fue construido por Chandra Shumsher Jang Bahadur Rana, un miembro de la dinastía Rana, en 1910 para su hijo Babar Shumsher.
Tras el fin del régimen Rana (1951), el palacio pasó a ser propiedad del gobierno nepalés, albergando en la actualidad el Departamento de Carreteras.
- Por tanto – continuó – se construyó durante el régimen de los Primeros Ministros Ranas, que fue un sistema oligárquico donde los primeros ministros tenían el poder real, no bajo un “gobierno democrático”, algo que tampoco es un buen recuerdo para todos nosotros. Si te soy sincera, es una buena oportunidad para empezar a dejar atrás algunas etapas de nuestra historia.
La era de los Ranas (1846–1951) es generalmente considerada una parte oscura de la historia nepalí. Durante estos años concentraron todo el poder político en sus manos. El rey era básicamente una figura ceremonial y el pueblo no tenía participación en el gobierno ya que los cargos importantes se heredaban dentro del clan, favoreciendo exclusivamente a la familia y a sus aliados. Durante más de 100 años, Nepal permaneció aislado del mundo exterior, limitando el desarrollo económico, la educación masiva y la infraestructura moderna. En general, no había libertades civiles, prensa libre ni oposición política, por lo que muchos disidentes fueron perseguidos.
Poco a poco me iba dando algunos indicios que me permitían comprender un poco más sobre el trasfondo de lo que había sucedido.
- Lo que me llama la atención es cómo a tan sólo unos días de haber derrocado al Primer Ministro todo parece ocurrir en un marco de paz y armonía. Las imágenes que se vieron fueron realmente terribles – comenté.
- ¿Sabés qué? En Nepal pasamos página muy rápido, vivimos acá, en el presente. Decime algo… – continuó – ¿Qué hacen en tu país cuando alguien se muere? Lo ponen en un ataúd, lo entierran y periódicamente vuelven al lugar donde está el cuerpo de esa persona ¿no? – Asentí con la cabeza – Bueno, eso significa que son una cultura que se queda anclada en el pasado, les cuesta soltar lo que pasó y por lo tanto les cuesta también aceptar y reconstruir el futuro en paz. Nosotros no, nosotros prendemos fuego el cuerpo y lo arrojamos al río, dejamos que siga el curso de la vida, celebramos ese paso que es la muerte y continuamos con la vida sin estar amarrados a algo que ya no podemos cambiar. Los nepalíes somos fuertes, hemos pasado por muchos tiempos complicados y siempre hemos actuado, siempre hemos hecho lo que teníamos que hacer en cada momento de la historia.
A esa altura de la conversación yo ya un espectador que no pronunciaba palabra, no quería interrumpir su reflexión que ya no tenía que ver con un gobierno, sino con una filosofía de vida, con una manera de habitar el mundo, de internalizar las cosas que suceden, de relacionarse con los otros y con el dolor.
- El tiempo es mágico, porque pone todo en su lugar – esa fue su última frase antes de decirme que le contaría a su hija, fanática de Messi, que había estado hablando con un argentino.
Me fui de aquellas ruinas después de recorrer en soledad algunos sectores por los que no había pasado antes. Con una reflexión interna profunda, caminé hacia el parlamento nacional donde otras decenas de personas se amontonaban en las inmediaciones del lugar para ver cómo nunca antes el lugar más importante desde que la democracia rige en Nepal.
Me llamó la atención la actitud de la custodia policial, que actuaba de forma tímida y hasta vergonzosa ante una sociedad que parecía habitar el espacio tal como lo hace un equipo ganador.
Volví en dirección al hotel después de hacer algunas fotos. En el trayecto, tres jóvenes se interesaron por mí y me preguntaron de dónde era. Les contesté amablemente y comenzamos una pequeña conversación, se mostraban contentos y, a su vez, un poco apenados:
- Nadie quiere llegar a este extremo, pero era necesario porque ya no sabíamos qué hacer para que nos escuchen – dijo la chica ante la atenta mirada de sus dos amigos.
- ¿Qué opinan de la nueva Primera Ministra, Sushila Karki? – pregunté.
- Ella es buena – se precipitó uno de ellos – tiene una gran trayectoria en el ámbito judicial.
- Es la expresidenta del Tribunal Supremo de Nepal – añadió el tercero.
Cansados de la clase política, el nombramiento de Sushila Karki surge tras una clara demanda de transparencia, anticorrupción y cambio político, sobre todo por parte de los jóvenes que reclamaban escucha y, sobre todo, mayores oportunidades.
Antes de irme les pregunté qué decía el grafiti de la pared que teníamos detrás escrito en nepalí.
- ¡Gobierno de mierda! – dijeron los tres con muecas de risa. Me despedí.
El estado reflexivo me duró unos cuantos días, había ido a Nepal a recorrer los Himalayas y me encontré caminando por las calles de Katmandú en un momento clave de la historia del país.
De camino al hotel, el conductor de una moto tocó bocina y me obligó a mirar. Detrás suyo, el acompañante, que llevaba consigo una flameante bandera del país, pegó un grito aufórico que simbolizó ese espíritu revolucionario que reinaba en las calles, entre ese silencio extraño y la esperanza de creer que, ahora sí, lo mejor ya no sería parte del futuro, sino del presente.






















